Perdí mi alma, eso fue lo
que sentí en el momento que recibí la peor noticia que jamás había esperado en
toda mi vida.
El recuerdo exacto de aquel
día que lo miré a los ojos y me enamoré volvía hacia mi en una fría imagen
devastadora para mi corazón. Necesitaba llorar, largar todas las lágrimas que tenía
guardadas de aquel día, pero necesitaba un momento, un lugar, un hombro, un consuelo
que luego de unos minutos llegó a mi, y cuando lloré ya no quedaban lágrimas
para vaciar todo mi cuerpo de aquel dolor.
Leí cada poema, cada canción
que había expresada en un papel sobre mi pared dedicada a él, me sentía mal.
Al día siguiente de lo
sucedido me llegaron las noticias de que él ya estaba en casa, algo me
impulsaba a ir a verlo, y en el camino hacia allá, no saqué ese momento de mi
cabeza.
Llegué, me aproximé a él,
pude ver su rostro pálido, sus grandes labios ya sin aliento, su cabello sin
brillo y la falta de su alma y de mi alma que él se había llevado en el instante que había dejado este mundo.
No aguantaba un minuto más
el llanto allí dentro, el dolor, pero no quería que nadie supiera que alguna
vez lo amé de verdad y que no me olvidaba ni un instante de él.
Quería tocarlo, besarlo,
pero una mano en mi pecho, la de la desesperación, me frenaba, no soporté un
segundo más allí…salí. Luego de calmar mis nervios volví a entrar para
despedirme, lo volví a mirar y recordé cuando él cerraba los ojos y yo le decía
que parecía un ángel cuando lo hacía, recordé cuando le entregué todo mi amor,
aquel puro amor que luego me hizo sufrir. Recordé esos momentos que jamás se
olvidan, cuando hablamos por única vez de sus problemas personales, cuando me
dijo por primera vez: “te amo”.
Recordé todo, todo lo
vivido, lo bueno, lo malo, lo inesperado, ese adiós devastador, lloré, no lo
pude evitar.
Me fui del lugar, mientras
caminaba entablé amistad con el silencio hasta llegar a casa, una vez allí, los
siguientes días no pude dormir recordando la última vez que lo vi, aquella vez
que me dijo –“hola” y no adiós, no nos despedimos.
No tuve la oportunidad de
decirle todo lo que dentro mío pasaba y que sólo yo y este corazón sabíamos, lo
que esta mente recordaba a cada instante, lo que mi alma decía a gritos cada
vez que oía aquella canción que tanto me llevaba a volar en el bendito recuerdo
del amor, amor que se fue debilitando y que solo quedó en su esencia.
Después de todo lo ocurrido
quedé anonadada, no sabía qué hacer, qué decir, de donde sacar fuerzas, cómo olvidar lo ocurrido, su rostro
en aquel maldito cajón, en la desgraciada muerte que había tocado su corazón y
había creado un clima fúnebre en su hogar, en su familia, en sus seres amados.
No quería estar sola, me
sentía culpable, no quería nada más que verlo bien, vivo, a mi lado o donde
fuera, pero vivo, vivo en cualquier circunstancia de la vida, pero acá en vida.
Ariadna Riquelme
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