jueves, 19 de julio de 2012

UN DÍA INOLVIDABLE


Perdí mi alma, eso fue lo que sentí en el momento que recibí la peor noticia que jamás había esperado en toda mi vida.
El recuerdo exacto de aquel día que lo miré a los ojos y me enamoré volvía hacia mi en una fría imagen devastadora para mi corazón. Necesitaba llorar, largar todas las lágrimas que tenía guardadas de aquel día, pero necesitaba un momento, un lugar, un hombro, un consuelo que luego de unos minutos llegó a mi, y cuando lloré ya no quedaban lágrimas para vaciar todo mi cuerpo de aquel dolor.
Leí cada poema, cada canción que había expresada en un papel sobre mi pared dedicada a él, me sentía mal.
Al día siguiente de lo sucedido me llegaron las noticias de que él ya estaba en casa, algo me impulsaba a ir a verlo, y en el camino hacia allá, no saqué ese momento de mi cabeza.
Llegué, me aproximé a él, pude ver su rostro pálido, sus grandes labios ya sin aliento, su cabello sin brillo y la falta de su alma y de mi alma que él se había llevado  en el instante que había dejado este mundo.
No aguantaba un minuto más el llanto allí dentro, el dolor, pero no quería que nadie supiera que alguna vez lo amé de verdad y que no me olvidaba ni un instante de él.
Quería tocarlo, besarlo, pero una mano en mi pecho, la de la desesperación, me frenaba, no soporté un segundo más allí…salí. Luego de calmar mis nervios volví a entrar para despedirme, lo volví a mirar y recordé cuando él cerraba los ojos y yo le decía que parecía un ángel cuando lo hacía, recordé cuando le entregué todo mi amor, aquel puro amor que luego me hizo sufrir. Recordé esos momentos que jamás se olvidan, cuando hablamos por única vez de sus problemas personales, cuando me dijo por primera vez: “te amo”.
Recordé todo, todo lo vivido, lo bueno, lo malo, lo inesperado, ese adiós devastador, lloré, no lo pude evitar.
Me fui del lugar, mientras caminaba entablé amistad con el silencio hasta llegar a casa, una vez allí, los siguientes días no pude dormir recordando la última vez que lo vi, aquella vez que me dijo –“hola” y no adiós, no nos despedimos.
No tuve la oportunidad de decirle todo lo que dentro mío pasaba y que sólo yo y este corazón sabíamos, lo que esta mente recordaba a cada instante, lo que mi alma decía a gritos cada vez que oía aquella canción que tanto me llevaba a volar en el bendito recuerdo del amor, amor que se fue debilitando y que solo quedó en su esencia.
Después de todo lo ocurrido quedé anonadada, no sabía qué hacer, qué decir, de donde sacar  fuerzas, cómo olvidar lo ocurrido, su rostro en aquel maldito cajón, en la desgraciada muerte que había tocado su corazón y había creado un clima fúnebre en su hogar, en su familia, en sus seres amados.
No quería estar sola, me sentía culpable, no quería nada más que verlo bien, vivo, a mi lado o donde fuera, pero vivo, vivo en cualquier circunstancia de la vida, pero acá en vida.

                                             
                                                 Ariadna Riquelme

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